The Haloes, se denomina esta obra que el simbolista francés Louis Walden Hawkins pintó en 1894 y donde priman los colores tierra a pesar que lo que captura la atención a primera vista son precisamente las brillantes aureolas amarillas sobre las cabezas de estos seres que parecieran guardar parecido con la Beatriz de Dante, por el esplendor que despiden sus silueta y por lo angelical y puro que emana su torso desnudo.
Nótese en la obra el elemento aire soplando sobre los cabellos de uno de estos angelicales seres que muy juntos parecen leer, meditar y dilucidar sobre los secretos que guarda un antiguo libro.
Como figura de fondo, un jardín de girasoles ajados por la inclemencia del viento, los cuales como antorchas en el camino de la vida, nos recuerdan a nuestra madre Natura en conjunción con el paso inevitable del tiempo.
Las pinturas de Louis Walden Hawkins por lo general esconden una belleza misteriosa, donde la sombra engendra a la luz y donde la luz engendra a la sombra. Un misterio recóndito que guarda en su seno lo profundo y que ora grita, ora murmulla verdades eternas.
El esfumado (sfumato en italiano) se refiere a la graduación sutil de tono que se utilizó para oscurecer los bordes afilados y crear una sinergia entre luces y sombra en la pintura. Se sabe que Leonardo da Vinci fue el primero en utilizar esta técnica, otorgándosele su invención; es así que la enigmática sonrisa de “La Mona Lisa”se ha logrado precisamente con este método. Con el contorno borroso y colores que suavizan y permiten que las formas se fusionen entre sí dejando siempre algo a la imaginación. Con este procedimiento los medios tonos se mezclan en la sombra, se disipa el color en colores oscuros monocromáticos en otras palabras se van superponiendo finísimas capas de pinturas para dar la sensación de lejanía, profundidad y carácter enigmático a la obra.
El francés Jean-Jacques Hennes cultivó y destacó en este estilo, realizando muchos retratos y especialmente desnudos con el esfumado. Destaca “A Bather mind” donde la mujer reposa sentada, con el rostro de perfil en un bosquecillo al pie de un arroyo, donde aparentemente algo distrae su atención a la vez que levantando el brazo, con sus dedos peina hacia adelante su dócil cabellera sobre su hombro derecho.
En prácticamente todos trabajos de Jean-Jacques Hennes se puede observar el sfumato y también el chiaroscuro, dando la sensación de vaguedad a sus pinturas. En “Idylle” con el uso de esta técnica muestra una escena dotada de hermosura. El desnudo de una es frontal, aunque en ambas conserva el perfil como un medio sutil para transmitir la exquisitez, gracia y elegancia de las modelos desnudas. La pintura es capaz de transmitir transparentemente la actitud de los personajes. Una toca la flauta con la concentración y el ensimismamiento que deviene en ternura. La otra se toca la cintura en gesto vanidoso, soberbio y tal vez impaciente que no dejan de tener ese toque de maravilloso erotismo que hace sucumbir todo aburrimiento.
‘Sacerdotisa del Eros’ según Alberto Zum Felde. De personalidad melancólica y sensitiva. Fue amiga y discípula de Rubén Darío, aunque el maestro no dudó en encumbrarla y considerarla de la misma estepa que a Santa Teresa en su exaltación mística.
Poeta autodidacta, con habilidades en música y otras artes, a la edad de diez años ya solía componer versos. Aunque los que la conocían se extrañaban del por qué una mujer tan reservada, puede escribir con matices eróticos.
¿Cómo de su pluma pudieron nacer versos tales que nos transmitan el ardor de un deseo ferviente? Es que su espíritu maceraba el más exótico licor que su cuerpo aún no se atrevía siquiera a soñar.
Se desposó con Enrique Job Reyes, su novio de toda la vida, pero al que la unía un vínculo que distaba mucho de ser la pasión avasalladora que nos dejaba entrever en sus poemas. Pese a esto, fue una ceremonia con ‘todas las de la ley’en la que tuvo como testigos nada menos a que Juan Zorrilla de San Martín y Manuel Ugarte. Pero fue éste último, el espectador que en poco tiempo se volvería en protagonista en la vida de Delmira.
Los recién casados tuvieron una luna de miel apartados como era menester a quienes ahora eran esposos y ya no novios. Y aunque tal vez la esposa se hubiera desposado con la intención de vivir armoniosamente, no soportó que su marido fuera un hombre simple y ordinario, un hombrecito que miraba el mundo sin inspiración alguna, sin la visión ni el ideal poético que ella poseía naturalmente. Sumándose a esto el ultraje del que era víctima por parte de éste, que la descalificaba, lanzándole continuamente frases humillantes y penosas. Delmira solicitó el divorcio y sin esperar mucho, le fue concedido. Fue un momento de cambios decisivos y situaciones difíciles en su vida, pero una ilusión que florecía sin esperanza –incluso antes de su boda con Enrique Reyes- renacía con fuerza en su corazón. Es así que inició una relación apasionada con Manuel Ugarte –testigo en su casamiento- con encuentros amorosos en los que la poetisa vivió una sexualidad intensa. Pero… ¡por Dios! ¡Un abrigo de angustias, tejido para un pecho poético la tuvo que abrigar!
Aquí es que acaece el desenlace fatal, cuando el ex-esposo, en su frustración de perdedor, le pide entrevistarse con él –sabrá Dios en qué términos-. Si discutieron o evocaron algún sentimiento agradable de su larga y terrible relación en ese encuentro, se desconoce. Pero Delmira Agustini, terminó muerta de dos balazos en la cabeza a manos de su ex-esposo, que inmediatamente después, no pudiendo soportar la culpa, se suicidó.
‘La Nena’, como la llamaban y como solía firmar a veces fue una referencia para las poetisas de las siguientes generaciones en Latinoamérica, su lírica dócil y lasciva jamás constituyó un solo rasgo de vulgaridad. Su ‘Boca a Boca’ es especialmente oscuro y dulce a la vez. Un verdadero embeleso… ¡Qué descifrar ha hecho del acorde de un beso!
Una escena de cortejo entre la sirena y su compañero, donde el océano es el escenario de una competencia lúdica para obtener el trofeo del que el otro es dueño.
Ella posee la pureza e inocencia con que tienta a su acompañante, representadas por Frederick Appleyard por las brillantes perlas que exhibe en su mano derecha y que jamás se dejaría arrebatar sin obtener lo que tanto ansía a cambio. Pero ¿Cuál es el deseo que se alberga en el marino corazón de la sirena? Su deseo se adivina en el mirar conmovido que lanza a los labios de su hermano. Pues desea sus labios… y los besos de su boca salada. Él lo sabe y sin olvidar su rol resistente en el que se fundan sus juegos, rodea y arrostra a la bella, confiado de pagar con creces el tiempo de espera. El collar de perlas se tensa en la disputa y se acrecientan las ansias de lo que pronto se extenderá en un jadeo profundo de amor.
Nació y murió un Viernes Santo, detalle singular, para quien en vida ostenta el nombre de un ángel y tras su muerte, permanece inmortalizado y ensalzado por su obra. Rafael Sanzio, arquitecto y pintor italiano nacido en la ciudad de Urbino, virtuoso por la magnificencia con la que acariciaba pincel en mano, palacios y basílicas. Junto a Miguel Ángel y Leonardo Da Vinci, ha formado en la historia el trío de los dotados maestros del arte renacentista.
En 1519 Rafael plasma en un lienzo la belleza de una mujer mostrando sus pechos desnudos y conserva el cuadro en la privacidad de su taller, siendo conocido sólo por sus discípulos más allegados y de confianza. Y es que los detalles de la pintura encerraban muchos enigmas de la vida personal del maestro, detalles exhibidos en la indumentaria y arreglos de la joven; entre ellos está el brazalete que ostenta en el brazo izquierdo y en el que se puede leer: Raphael Urbinas –versión latinizada del nombre del ilustre pintor-. Asimismo, un anillo en el dedo y una diadema que cuelga del turbante que ayuda a sostener sus cabellos.
El acto de ocultamiento del lienzo, se debió a que la mujer en cuestión, no era otra que su adorada modelo y amante, Margherita Luti, apodada La Fornarina (harinera) por ser hija de un panadero. Y era entendible que todos los detalles en el lienzo apuntasen a un compromiso secreto entre el pintor y la joven. Para ese entonces, varios años hacía ya que el pintor estaba comprometido en nupcias con la sobrina de un ministro de la iglesia, pero dando largas siempre a la fecha de la boda, se internaba durante días en su taller junto a su modelo en aras del arte y del placer carnal por supuesto.
Tales eran sus jornadas en el lecho, que una noche de excesivo trajín sexual, Rafael cogió una fiebre altísima, agonizando durante más de una semana. Ningún médico se explicaba qué le había desencadenado tal padecimiento al artista, por lo que no le pudieron suministrar el remedio adecuado y éste, tal vez por temor al escándalo y descrédito, no confesó nada en absoluto sobre la causa de la fiebre que le estaba llevando a la tumba. Incluso, rechazó que la Fornarina –como su amistosa modelo- estuviera a su lado en sus últimos días. Sin embargo no fue olvidada en su testamento, asegurándose que recibiera una cuantiosa suma, que en realidad no disfrutó mucho, porque tras la muerte de su amante, Margherita Luti prefirió la vida austera, refugiándose en un convento en el que, al cabo de pocos años murió. Algunos entendidos argumentan que su deceso acaeció por un tumor en el seno que precisamente se capta en la famosa pintura.
La historia del célebre pintor y su modelo, ha servido de inspiración a muchos aristas, pintores y también escritores. Ahí tenemos los sonetos de Rafael Alberti “Sobre los amores secretos de Rafael y la Fornarina” y al escritor parisino Joseph Méry, que en 1858 exaltado por la corriente romántica de la época escribió un libro delicioso basado en esta historia de amor, fiel a la original en esencia, pero llena de nuevos detalles como los blondos cabellos de la modelo, a la cual Rafael requería con locura para inmortalizarla en “El Triunfo de Galatea”, enamorándose perdidamente de ella.
La ternura se convulsa en amargura. Y la ira, como una pena que divaga oprimida en el corazón del que escucha al amante, pero no le es permitido gritar su nombre. ¿Puede disolverse el amor en el mar inmisericordioso del aborrecimiento? La víctima envilecida y salvaje, inoculada de germen malsano, y asistida por un anillo destructor y mortal.
Esta obra pertenece a Parker Lawton, un pintor estadounidense nacido en 1868. Sus obras en general están realizadas siguiendo el Impresionismo, del cual Parker era seguidor desde sus inicios en el arte. Durante toda su trayectoria como pintor, fue ganador de varios concursos, incluso, se dio a conocer el su pueblo natal precisamente ganando uno.
Vivió algunos años en París, pues en aquella época París fue cuna de muchos impresionistas, con quienes Parker intercambiaba ideas y enseñaba. Ganó gran reconocimiento en este país, sus obras fueron exhibidas en los principales museos y continuaba cosechando galardones.
Salta a la vista los colores cálidos que emplea, los matices, focalización y empleo de la luz. Obteniendo siempre formas sinuosas y con apariencia de fragilidad. En especial, las figuras femeninas son tratadas con un toque añadido de gracia e iluminación focalizada que determinan el concepto de desnudez propio de Parker Lawton.
“…De pronto mi cuerpo entró en una tensión incomprensible… quise incorporarme, pero mis brazos y mis piernas no me obedecían, parecían de plomo. Me encontraba totalmente inmovilizada, el miedo como incienso negro cubría la habitación y luego una angustia, la más horrorosa de todas se apoderó de mi pecho como un peso que me sofocaba. Caí en la cuenta que no era un sueño, podía ver aún en la oscuridad las franjas del decorado del techo y podía escuchar el tic tac del reloj, que se confundía con los latidos desbocados de mi corazón. Estaba desesperada. Perdía el aliento… me ahogaba y mis intentos desesperados por gritar solo se perdieron en amagos inaudibles. Mas aun con todo el terror, me rehusaba a morir y luché por moverme… por gritar o por despertar. No sé cuánto tiempo pasó, pero para mí fue una eternidad en la cual no estaba ni muerta ni viva. Y fue como si hubiera tomado una gran bocanada de aire que me liberó por fin de esa pesadilla. Al final me quedé temblando y tenía miedo de que me volviera a ocurrir si me dormía otra vez”.
Creo que la palabra 'intensidad' es la que define bien a la obra de Eivar Moya, un joven colombiano que realiza obras en las que se trasluce una impresión extrema.
...Aquí, me pareciera que es ella quien arremete contra él en un beso acaparador, devorador y violento. Él por su parte halagado, sin quitarle protagonismo a su amante-victimaria, corresponde en sedienta igualdad.
Imposible dejar de sentir incontables llamaradas en el alma con los versos de esta mujer nacida en Lesbos aproximadamente el 650 a.c. Comparada con el mismo Sócrates por su percepción del Amor y por la forma tan espiritual de expresarlo, aun cuando era su propio cuerpo el que anidaba y emanaba este sentimiento.
Sabido es por muchos que se le considera una especie de gestora o delegada del amor entre mujeres, pero me parece que esta única y simple razonable conjetura, sólo la ha minimizado a través de los siglos. Su figura pervertida ha sido tejida en la historia porque es hábito humano pretender destruir lo que no se comprende o se considera una amenaza, desgraciadamente como consecuencia de esto, se logró callar su seráfica voz que nos habla con dulces susurros en los fragmentos que tenemos de sus Epitalamios (cantos matrimoniales) y de su única pieza poética completa: Himno a Afrodita. Y en referencia a esto, tenemos de Ovidio que dice: “Mira a Safo, ¿qué más lascivo que ello?”
Pero al leerla, se descubre que Safo de Lesbos fue una mujer excepcional por su transparencia y singularidad espiritual, que rompió con los paradigmas de su época al cantarle al amor, a la belleza, a la sensualidad femenina y a su madre y Diosa: Afrodita, a quien invocaba con pasión, imploraba con piedad y agradecía con euforia sobre sus múltiples situaciones sentimentales. Pero ella también fue madre; madre, amiga y amante. Amaba entregándose en ternura infinita a la existencia y las vivencias sensuales con algunas alumnas de su escuela -Casa de las Musas- de las que se enamoraba y entre las que podemos citar como cruciales en la vida la de la Poetisa a Atthis y Anactoria. ¿Y por cuántas doncellas más tal vez no derramó insufribles lágrimas e imploró la ayuda de su Diosa para obtener sus favores? No lo sabemos con exactitud.
Pero sin duda, su verso trasciende porque es como una verdad lumínica, una realidad plasmada sencillamente, que conmueve por su excelsitud, por el sentimiento mismo que pervive en cada palabra. Palabras de las que se desprende sonoridad infinita, palabras atadas en versos graciosos, naturales y suntuosos a la vez. Donde sólo importa amar con el cuerpo y el alma, porque eso es bello y divino.
pero nosotros, una vez que muera nuestra breve luz,
deberemos dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojo,
cuando sepa cuántos besos nos dimos.
VII
Me preguntas, cuántos besos tuyos,
Lesbia, me serían más que suficientes,
Cuan gran el número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo plena,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros, al callar la noche,
ven los amores ocultos de los hombres;
sólo esos besos satisfarán
a Catulo el loco más que suficientemente,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos
VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la joven,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, muchacha. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, ¡tú, Catulo, aguanta firme!
LI
Semejante aun dios se me aparece aquel,
superior a los dioses, si es lícito,
que sentado frente a ti, sin cesar,
te observa y escucha
reír dulcemente, lo que a mí, desgraciado,
todos los sentidos me arrebata:
Lesbia, en cuanto te veo,
mi voz se apaga,
la lengua se torna torpe, y bajo mis miembros
comienza a manar una llama;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es pernicioso;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
LXXXV
Odio y amo. Por qué lo hago, me preguntas tal vez.
No sé, pero siento cómo se hace y me torturo
CIX
Me prometes, vida mía, que este amor será feliz
y perpetuo entre nosotros.
Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad
y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que toda nuestra vida podamos mantener
ese sagrado lazo de cariño eterno
LXXV
A tal extremo ha llegado mi corazón, Lesbia mía, por tu culpa,
y tanto se ha perdido por su misma fidelidad,
que ahora ya no puedo tenerte aprecio,
aunque te vuelvas la mejor de todas,
ni dejar de quererte por mucho que hagas.
XCII
Lesbia dice pestes de mí todo el tiempo y no para.
¡Que me muera si Lesbia no me quiere!
¿Cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo:
la maldigo a todas horas,
pero ¡que me muera si no la quiero!
LXX
Mi amada asegura que con nadie quiere casarse
Excepto conmigo, a no ser que el mismo Júpiter se lo pida.
Eso dice, pero lo que una mujer dice a su deseoso amante
En el viento y en el agua rápida conviene escribir
LVIII
Nuestra Lesbia, Celio, aquella Lesbia,
aquella Lesbia a quien Catulo amó,
más que a sí mismo amó, más que a todo lo suyo amó,
ahora en esquinas y en callejuelas
se las pela a los magnánimos nietos de Remo.
XLIII
Hola, muchacha sin nariz pequeña,
Sin bello pie, ni negros ojos,
Sin dedos largos, y de rostro sudoroso,
Con lengua apenas elegante,
Amiga del rumboso Formiano,
¿acaso se dice en provincias que eres bella?
¿contigo comparan a nuestra Lesbia?
¡Tiempo ignorante y corrompido!
Lesbia And Her Sparrow - Sr. Edward John Poynter
* * *
Han pasado a la inmortalidad los grandiosos y desventurados amoríos entre Catulo y Lesbia. Cayo Valerio Catulo, un poeta latino dejado llevar por los embriagadores encantos de la conocida Clodia –cuyo nombre original es Claudia Metela- y a la que denominó en sus versos Lesbia, en una viva reminiscencia a Lesbia -Safo de Lesbos- y en una usual sustitución de la época de nombres con la misma métrica.
La Lesbia de Catulo, varios años mayor que éste, estaba vista como una mujer apasionada, inclinada a los juegos de azar y a la bebida, además por supuesto, a disfrutar del placer sexual con un sin número de amantes, entre los cuales figuraban nobles, esclavos e incluso un amigo cercano del propio Catulo. Ella, a pesar de haberse desposado con su primo Mételo Céler, no encontraba freno a sus ímpetus; su fama de avezada seductora, hizo pensar a los romanos que había urdido la muerte de su marido e incluso que llevaba una relación incestuosa con su hermano.
Dada las ‘excentricidades’ de la amada del Poeta, éste plasma en sus versos no sólo lo idílicos instantes de su relación, sino su doliente pasión, su frustración y desconsuelo. Intenta elucubrar a través de la poesía, la fuerza y la vida que se extingue sin su idolatrada Lesbia. Su ánimo y sentir vacilan entre la adoración y la aversión al saberla huésped de otros lechos que no son el suyo, al saberla indolente a sus caricias y ávida receptora de otros halagos.
“Yo pienso en la blanca y divina Venus que muestra su desnudez bajo el plafond color de cielo. Yo quiero dar a la masa la línea y la hermosura plástica; y que circule por las venas de la estatua una sangre incolora como la de los dioses. Yo tengo el espíritu de Grecia en el cerebro, y amo los desnudos en que la ninfa huye y el fauno tiende los brazos. ¡Oh Fidias! Tú eres para mí soberbio y augusto como un semi-dios, en el recinto de la eterna belleza, rey ante un ejército de hermosuras…”
“…He pintado el torso de Diana y el rostro de la Madona. He pedido a las campiñas sus colores, sus matices; he adulado a la luz como a una amada, y la he abrazado como a una querida. He sido adorador del desnudo, con sus magnificencias, con los tonos de sus carnaciones y con sus fugaces medias tintas. He trazado en mis lienzos los nimbos de los santos y las alas de los querubines…”
“…Yo escucho todas las armonías, desde la lira de Terpandro hasta las fantasías orquestales de Wagner. Mis ideales, brillan en medio de mis audacias de inspirado. Yo tengo la percepción del filósofo que oyó la música de los astros. Todos los ruidos pueden aprisionarse, todos los ecos son susceptibles de combinaciones. Todo cabe en la línea de mis escalas cromáticas. La luz vibrante es himno, y la melodía de la selva halla un eco en mi corazón. Desde el ruido de la tempestad hasta el canto del pájaro, todo se confunde y enlaza en la infinita cadencia…”
“…El ideal flota en el azul; y para que los espíritus gocen de su luz suprema, es preciso que asciendan. Yo tengo el verso que es de miel y el que es de oro, y el que es de hierro candente. Yo soy el ánfora del celeste perfume: tengo el amor…”