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domingo, 3 de enero de 2021
Pleitesía al deseo
Así como me regocijo en tus sinuosas formas,
y me postro ante la magnanimidad de tu silueta
exclamo la miel de tus labios rosas
y afronto la espera de tu gracia dispuesta.
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domingo, 8 de mayo de 2011
Lilith
John Collier - Lilith
Sucedía que mi corazón inquieto ya me dolía
tu negro lazo intempestivamente rodeándome
mi fuerza se extinguía con la suavidad de tus cortantes caricias
dejé de pertenecerme… dulcemente abandonada a ti.
¡Llévame!... a donde el deseo grita, amor mío.
Cuánta lujuria invadiéndome… el ordinario mundo extinguido
tan sólo tu rostro amaneciendo a mis apetitos;
febril tu abrazo, demoniaco tu arrebato
Cuando mis ansias llevan tu nombre…
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domingo, 8 de agosto de 2010
Unificación Sensual.
Beso Antiguo - Manuel Domínguez Guerra
La sangre aglomerada y palpitante en los labios temblorosos...
un febril deseo de entregar el corazón en cada beso.
El ancla de una lengua irrumpe insaciable…
mar y fuego en el sexo…
perdido ya todo aliento
por ansioso y voraz deleite.
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lunes, 10 de mayo de 2010
Sacerdotisa del Eros: Delmira Agustini
Portada de El Libro Blanco de Delmira Agustini
‘Sacerdotisa del Eros’ según Alberto Zum Felde. De personalidad melancólica y sensitiva. Fue amiga y discípula de Rubén Darío, aunque el maestro no dudó en encumbrarla y considerarla de la misma estepa que a Santa Teresa en su exaltación mística.
Poeta autodidacta, con habilidades en música y otras artes, a la edad de diez años ya solía componer versos. Aunque los que la conocían se extrañaban del por qué una mujer tan reservada, puede escribir con matices eróticos.
¿Cómo de su pluma pudieron nacer versos tales que nos transmitan el ardor de un deseo ferviente? Es que su espíritu maceraba el más exótico licor que su cuerpo aún no se atrevía siquiera a soñar.
Se desposó con Enrique Job Reyes, su novio de toda la vida, pero al que la unía un vínculo que distaba mucho de ser la pasión avasalladora que nos dejaba entrever en sus poemas. Pese a esto, fue una ceremonia con ‘todas las de la ley’en la que tuvo como testigos nada menos a que Juan Zorrilla de San Martín y Manuel Ugarte. Pero fue éste último, el espectador que en poco tiempo se volvería en protagonista en la vida de Delmira.
Los recién casados tuvieron una luna de miel apartados como era menester a quienes ahora eran esposos y ya no novios. Y aunque tal vez la esposa se hubiera desposado con la intención de vivir armoniosamente, no soportó que su marido fuera un hombre simple y ordinario, un hombrecito que miraba el mundo sin inspiración alguna, sin la visión ni el ideal poético que ella poseía naturalmente. Sumándose a esto el ultraje del que era víctima por parte de éste, que la descalificaba, lanzándole continuamente frases humillantes y penosas. Delmira solicitó el divorcio y sin esperar mucho, le fue concedido. Fue un momento de cambios decisivos y situaciones difíciles en su vida, pero una ilusión que florecía sin esperanza –incluso antes de su boda con Enrique Reyes- renacía con fuerza en su corazón. Es así que inició una relación apasionada con Manuel Ugarte –testigo en su casamiento- con encuentros amorosos en los que la poetisa vivió una sexualidad intensa. Pero… ¡por Dios! ¡Un abrigo de angustias, tejido para un pecho poético la tuvo que abrigar!
Aquí es que acaece el desenlace fatal, cuando el ex-esposo, en su frustración de perdedor, le pide entrevistarse con él –sabrá Dios en qué términos-. Si discutieron o evocaron algún sentimiento agradable de su larga y terrible relación en ese encuentro, se desconoce. Pero Delmira Agustini, terminó muerta de dos balazos en la cabeza a manos de su ex-esposo, que inmediatamente después, no pudiendo soportar la culpa, se suicidó.
‘La Nena’, como la llamaban y como solía firmar a veces fue una referencia para las poetisas de las siguientes generaciones en Latinoamérica, su lírica dócil y lasciva jamás constituyó un solo rasgo de vulgaridad. Su ‘Boca a Boca’ es especialmente oscuro y dulce a la vez. Un verdadero embeleso… ¡Qué descifrar ha hecho del acorde de un beso!
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domingo, 9 de mayo de 2010
'Boca a Boca' de Delmira Agustini
Copa de vida donde quiero y sueño
Beber la muerte con fruición sombría,
Surco de fuego donde logra Ensueño
Fuertes semillas de melancolía.
.
Boca que besas a distancia y llamas
En silencio, pastilla de locura
Color de sed y húmeda de llamas...
¡ Verja de abismos es tu dentadura !
Sexo de un alma triste de gloriosa,
El placer unges de dolor; tu beso,
Puñal de fuego en vaina de embeleso,
Me come en sueños como un cáncer rosa...
Joya de sangre y luna, vaso pleno
De rosas de silencio y de armonía,
Nectario de su miel y su veneno,
Vampiro vuelto mariposa al día.
Tijera ardiente de glaciales lirios.
Panal de besos, ánfora viviente
Donde brindan delicias y delirios
Fresas de aurora en vino de Poniente...
Estuche de encendidos terciopelos
En que su voz es fúlgida presea,
Alas del verbo amenazando vuelos,
Cáliz en donde el corazón flamea.
Pico rojo del buitre del deseo
Que hubiste sangre y alma entre mi boca,
De tu largo y sonante picoteo
Brotó una llaga como flor de roca.
Inaccesible... Si otra vez mi vida
Cruzas, dando a la tierra removida
Siembra de oro tu verdo fecundo,
Tu curarás la misteriosa herida:
Lirio de muerte, cóndor de vida.
¡ Flor de tu beso que perfuma al mundo !
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domingo, 18 de abril de 2010
Lesbia: La romana más seductora.
II
Pajarillo, cosita de mi amada,
con quien juega, al que resguarda en el seno,
al que suele dar la yema del dedo
y le incita agudos picotazos:
cuando a mi deseo resplandeciente
le place tornarse alegre y aliviarse
de sus cuitas, para aplacar su ardor,
¡cuánto me gustaría, como hace ella,
jugar contigo y desterrar las penas
lejos de mi triste ánimo!
Me es tan grato como a la niña el fruto
dorado que soltó el ceñidor
que tanto tiempo permaneció atado
III
Llorad, Venus y Cupidos,
y cuantos hombres sensibles hay:
ha muerto el pajarillo de mi amada,
el pajarillo, cosita de mi amada,
a quien ella quería más que a sus ojos;
era dulce como la miel y la conocía
tan bien como una niña a su propia madre.
No se movía de su regazo,
pero saltando a su alrededor, aquí y allá,
a su dueña continuamente piaba.
Este, ahora, va, por un camino tenebroso,
a ese lugar de donde dicen que nadie ha vuelto.
¡Mal rayo os parta, funestas
tinieblas del Orco, que devoráis todo lo bello!:
me habéis quitado tan bello pajarillo.
¡Oh mala ventura! Pues, ahora, por tu culpa,
desdichado pajarillo, hinchados por el llanto,
enrojecen los ojillos de mi amada.
V
Vivamos, Lesbia mía, y amemos,
y a las maledicencias de los viejos severos
démosles menos valor que a una peseta .
Los astros pueden morir y volver;
pero nosotros, una vez que muera nuestra breve luz,
deberemos dormir una última noche perpetua.
Dame mil besos, luego cien mil;
luego otros mil, luego otros cien mil;
luego hasta otros mil, luego cien mil.
Después, hechos ya muchísimos miles,
revolvámoslos, para que no lo sepamos nosotros,
ni ningún malvado pueda mirarnos con malos ojo,
cuando sepa cuántos besos nos dimos.
VII
Me preguntas, cuántos besos tuyos,
Lesbia, me serían más que suficientes,
Cuan gran el número de arena de Libia
yace en Cirene, de laserpicïo plena,
entre el oráculo del ardiente Júpiter
y el túmulo del anciano Bato;
o cuantos astros, al callar la noche,
ven los amores ocultos de los hombres;
sólo esos besos satisfarán
a Catulo el loco más que suficientemente,
que ni contarlos podrán los curiosos
ni con sus malas lenguas hechizarlos
VIII
¡Ay, Catulo, deja de hacer simplezas,
y ten lo que está muerto por perdido!
Radiantes soles te brillaban cuando,
en esos días, ibas
allí donde quería la joven,
amada por nosotros como nadie
será amada jamás.
Muchas fiestas celebraste allí entonces,
que tú deseabas y ella no odiaba.
En verdad, lucían soles radiantes.
Ella ya no lo quiere,
no lo quieras tú, débil,
ni persigas a la que huye, ni vivas
miserable: resiste
con tu mente obstinada.
Adiós, muchacha. Catulo aguanta ya,
no te rogará ni pedirá nada.
Mas sufrirás, cuando por nadie seas
rogada. ¡Ay, infame! ¿Qué vida te queda?
¿Quién irá a ti hoy? ¿Quién verá tu belleza?
¿A quién amarás ahora? ¿De quién
se dirá que eres? ¿A quién besarás?
¿A quién morderás los delgados labios?
Pero, ¡tú, Catulo, aguanta firme!
LI
Semejante aun dios se me aparece aquel,
superior a los dioses, si es lícito,
que sentado frente a ti, sin cesar,
te observa y escucha
reír dulcemente, lo que a mí, desgraciado,
todos los sentidos me arrebata:
Lesbia, en cuanto te veo,
mi voz se apaga,
la lengua se torna torpe, y bajo mis miembros
comienza a manar una llama;
me zumban los oídos y una noche
doble cubre mis ojos.
El ocio, Catulo, te es pernicioso;
en el ocio te exaltas e impacientas.
El ocio ya perdió antes muchos reyes
y ciudades felices.
LXXXV
Odio y amo. Por qué lo hago, me preguntas tal vez.
No sé, pero siento cómo se hace y me torturo
CIX
Me prometes, vida mía, que este amor será feliz
y perpetuo entre nosotros.
Grandes dioses, haced que pueda prometer con verdad
y que lo diga sinceramente y de corazón,
para que toda nuestra vida podamos mantener
ese sagrado lazo de cariño eterno
LXXV
A tal extremo ha llegado mi corazón, Lesbia mía, por tu culpa,
y tanto se ha perdido por su misma fidelidad,
que ahora ya no puedo tenerte aprecio,
aunque te vuelvas la mejor de todas,
ni dejar de quererte por mucho que hagas.
XCII
Lesbia dice pestes de mí todo el tiempo y no para.
¡Que me muera si Lesbia no me quiere!
¿Cómo lo sé? Porque me pasa lo mismo:
la maldigo a todas horas,
pero ¡que me muera si no la quiero!
LXX
Mi amada asegura que con nadie quiere casarse
Excepto conmigo, a no ser que el mismo Júpiter se lo pida.
Eso dice, pero lo que una mujer dice a su deseoso amante
En el viento y en el agua rápida conviene escribir
LVIII
Nuestra Lesbia, Celio, aquella Lesbia,
aquella Lesbia a quien Catulo amó,
más que a sí mismo amó, más que a todo lo suyo amó,
ahora en esquinas y en callejuelas
se las pela a los magnánimos nietos de Remo.
XLIII
Hola, muchacha sin nariz pequeña,
Sin bello pie, ni negros ojos,
Sin dedos largos, y de rostro sudoroso,
Con lengua apenas elegante,
Amiga del rumboso Formiano,
¿acaso se dice en provincias que eres bella?
¿contigo comparan a nuestra Lesbia?
¡Tiempo ignorante y corrompido!
Lesbia And Her Sparrow - Sr. Edward John Poynter
* * *
Han pasado a la inmortalidad los grandiosos y desventurados amoríos entre Catulo y Lesbia. Cayo Valerio Catulo, un poeta latino dejado llevar por los embriagadores encantos de la conocida Clodia –cuyo nombre original es Claudia Metela- y a la que denominó en sus versos Lesbia, en una viva reminiscencia a Lesbia -Safo de Lesbos- y en una usual sustitución de la época de nombres con la misma métrica.
La Lesbia de Catulo, varios años mayor que éste, estaba vista como una mujer apasionada, inclinada a los juegos de azar y a la bebida, además por supuesto, a disfrutar del placer sexual con un sin número de amantes, entre los cuales figuraban nobles, esclavos e incluso un amigo cercano del propio Catulo. Ella, a pesar de haberse desposado con su primo Mételo Céler, no encontraba freno a sus ímpetus; su fama de avezada seductora, hizo pensar a los romanos que había urdido la muerte de su marido e incluso que llevaba una relación incestuosa con su hermano.
Dada las ‘excentricidades’ de la amada del Poeta, éste plasma en sus versos no sólo lo idílicos instantes de su relación, sino su doliente pasión, su frustración y desconsuelo. Intenta elucubrar a través de la poesía, la fuerza y la vida que se extingue sin su idolatrada Lesbia. Su ánimo y sentir vacilan entre la adoración y la aversión al saberla huésped de otros lechos que no son el suyo, al saberla indolente a sus caricias y ávida receptora de otros halagos.
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jueves, 8 de abril de 2010
'La Giganta' de Baudelaire: Una Enorme Delectación.
Cuando Natura en su inspiración pujante
Concebía cada día hijos monstruosos,
Me hubiera placido vivir cerca de una joven giganta,
Como a los pies de una reina un gato voluptuoso.
Me hubiera agradado ver su cuerpo florecer con su alma
Y crecer libremente en sus terribles juegos;
Adivinar si su corazón cobija una sombría llama
En las húmedas brumas que flotan en sus ojos;
Recorrer a mi gusto sus magníficas formas;
Arrastrarme en la pendiente de sus rodillas enormes,
Y a veces, en estío, cuando los soles malsanos,
Laxa, la hacen tenderse a través de la campiña,
Dormir despreocupadamente a la sombra de sus senos,
Como una plácida aldea al pie de una montaña.
Charles Baudelaire.
* * *
Charles Baudelaire en 1857 con su poema: “La Giganta”, sueña con un ideal de mujer impresionante, a la cual arrojarse a sus pies o vivir frotándose entre sus infinitas piernas, “Como a los pies de una reina un gato voluptuoso”. Una voluptuosidad sin duda abanderada por ella que vive en el juego-realidad de una sensualidad madura, profunda y plena.
La joven giganta es para el poeta su diosa, pero nótese que la diosa tiene también el papel secundario de ‘esclava’, ya que él, con su pequeñez la contempla… la disfruta… la goza como su único dueño: “Recorrer a mi gusto sus magníficas formas”. Dominado y dominador a la vez, posee como suyas las paroxísticas sensaciones de ella y se complace luego en su sensual descanso.
Pero la voluptuosidad que emana de ella y contagia al poeta, no es sólo carnal, sino misteriosa y espiritual. Se entusiasma y embruja cada vez más en un anhelo de “adivinar si su corazón cobija una sombría llama”. Es ese enigma femenil que le hechiza tanto como las curvas de sus caderas, vivir para desentrañar qué encierra y qué hay más allá de aquel gesto de la piel, de “la pendiente de sus rodillas enormes”, para al final de toda la existencia decir que alguna vez ha podido “dormir despreocupadamente a la sombra de sus senos”.
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